sábado, mayo 19, 2012

Taurocatapsia



Hablar de tauromaquia me es sumamente complejo. Imagino que, quizás, para poder hacerlo es necesario acudir a alguna peña taurina vestido de domingo y con un clavel rojo en el ojal. Y claro está, acompañado de una rotunda hembra, porque al fin y al cabo de una forma subliminal, es eso lo que subyace. Es de eso de lo que se trata. También en algunas  procesiones de semana santa, late de un modo subterráneo ese hondo subespacio elevado.

Imagino, que hay que pedir unas copas y escanciar manzanilla muy fría en ellas. No está demás acompañar la sosegada libación con alguna tapa de lomo de cerdo frito. Es entonces cuando se puede sumarse a una tertulia y comenzar a charlar, horas y horas, para proferir ingentes cantidades de tonterías hasta que uno, o entre todos,  acabe por pronunciar algo interesante.
Algo semejante ocurre en el ruedo. De cada cien diestros siniestros, surge a veces un torero. Uno puede gastar su vida perdiendo el tiempo y  concurriendo a espectáculos bochornosos que están bajo el nivel del más vulgar matarife. En una ocasión una amiga me dijo:-“cada vez que salgo de los toros me digo que no volveré más; sin embargo en la próxima corrida, ahí estoy, de nuevo en la plaza”-. Esa es la grandeza y el horror del universo del toro. Se puede acudir mil veces a una plaza de toros y no haber presenciado nunca nada extraordinario. Sin embargo hay quien acude y en contadas ocasiones ha podido lograr ser, milagrosamente, espectador de lo sublime. Es en este instante cuando no quisieras que jamás terminaran esos cinco o diez minutos divinos que llevan el alma a la emoción y a la excelencia. Pero no sé si vale la pena, esperar tanto tiempo.
Prohibir este tipo de eventos, sin duda, es caer en la creencia de concebir una sociedad más aséptica y moral, pero fallida, porque que a fin de cuentas la colectividad será tan sucia como lo ha sido y será siempre;  y además, es la emasculación de que la posibilidad de lo glorioso  pueda manifestarse.
Aún así, se me hace muy difícil hablar, de tauromaquia.





2 comentarios:

Francis dijo...

Este post rebosa sentido común, estimado conde.

Creo que ocurre lo mismo con todo en la vida: uno busca la pepita de oro en la arena,lo puro que nos compense de tanta quincalla. Porque lo puro, sencillo y esencial, lo que va directo al meollo de la emoción, es extraordinario pero embriaga tanto que nunca se olvida.

Conde de Galzerán dijo...

¡Vaya por Dios! Fran; yo que te hacia en alguna ignota población neblinosa de Rhode Island , en busca de nuevas narraciones extraordinarias y bizarras.
Es un placer de nuevo contar con tu presencia.