martes, agosto 23, 2011

Las nubes de Irlanda


Fedro.-Pero, ¿sería aquí mismo? Las olas parece que sonríen, las aguas son tan puras y transparentes, y estas riberas parecen adecuadas a los juegos de las jóvenes.

Sócrates.-Sin embargo, no fue aquí, fue un poco más abajo, a dos o tres estadios; allí por donde se pasa el río para ir al templo de Diana Cazadora. Hasta hay en aquel lugar un altar de Bóreas.

Fedro.-No puedo comprenderlo bien; dime, Sócrates, haz el favor, ¿crees tú

también en aquella maravillosa aventura?

( Platón)

-Todo está lo mejor posible- dijo un filósofo de cuyo nombre no puedo acordarme. Sin embargo, a veces he tenido la impresión, que a uno le echaron al mundo en el primer lugar disponible. No parece que se elaborara un estudio previo pre-residencia y volens, nolens, hubo que ubicarse. Y eso, que todavía no he comprendido por qué hay que trasladarse a las dunas del desierto para escribir de los hielos del Ártico. Vivir entre pieles cobrizas mientras se anhela a la Diosa Blanca. Pongamos que hablo de Robert Graves. Pero podría de hablar de otros muchos que siguieron vidas paralelas.

Los físicos dicen que el frío es la ausencia de calor. Que el frío, como tal, no existe. Y eso me hace reflexionar un silogismo propio y casero. De esos de bata y pantuflas.

La vida es ausencia de muerte. Estamos aquí un segundo, para cerciorarnos que somos unos muertos eternos. Ni siquiera, antes de nacer conocíamos que estábamos difuntos. Sin querer, algo teníamos ahorrado. ¿Puede haber algo universalmente tan perverso?

Pero lo que más me aflige no es que haya aprendido, que soy un cadáver perpetuo, sino en el lugar donde se me ha comunicado. Quizás hubiera sido más llevadero en algún lugar del Norte. Esa es la sensación que tantas veces me ha corroído. Acaso yo hubiera sido otro.

Concebir una mudanza anti- natura y decidirse, es fácil. En conjunto, parece tener arreglo antes de marchar definitivamente, pero no siempre hay billete para cambiar de supervivencia. Todo un tiempo en las palmas del azar.

Los lugares de la Diosa Cerda Blanca existen. Bien lo sé hace décadas. Pero nunca he localizado la puerta de ese exilio.


Todos los santos la vilipendian y todos los hombres graves que se rigen por el justo medio del dios Apolo, despreciando a los cuales navegué en su busca a lejanas regiones, donde era más probable encontrar a la que deseaba conocer más que todas las cosas, la hermana del espejismo y del eco.

Era una virtud no detenerse, seguir mi obstinado y heroico camino, buscando en el cráter del volcán, entre los témpanos de hielo; o donde se borraba la huella, más allá de la caverna de los siete durmientes, a aquélla cuya frente ancha y alta era blanca como la del leproso, y sus ojos azules, y sus labios como bayas de fresno, y su cabello rizado del color de la miel hasta las blancas caderas.

La verde savia de la primavera que en el árbol joven se agita celebrará a la Madre de la Montaña, y todos los pájaros canoros la aclamarán un día……

(Robert Graves)



2 comentarios:

Fran dijo...

Hola Conde. Que la vida sea un paréntesis entre dos muertes es más que discutible. Es terrorífica la imágen del cadáver andante. Tu prosa,como siempre, excelente. Tal vez un poco difícil para las masas pero no creo que a tí te interese tal cosa.
Un abrazo.

Conde de Galzerán dijo...

Sí que es discutible, Fran. Lo que ocurre es que me rijo por un estadillo litúrgico semanal. Martes, Jueves y Sabbat voy de rollo existencial y chungo. Los otros, de reencarnación con levita naranja. Los domingos cielo o infierno según caiga. Lo de las huríes es agotador, y por eso no tiene día.

Un abrazo amigo.