lunes, agosto 22, 2011

Habla, Musa, de aquel hombre astuto que erró largo tiempo......

Al joven rhetor de Córdoba, - ejerzo en Badajoz, me advirtió- le había avistado unos días antes y apenas cruzamos unas palabras entonces, con la plena certeza de que pasadas unas horas, no volveríamos a vernos nunca más. Pensé que era la mismísima reencarnación del gordo Buck Mulligan pero mi prudencia innata me prohibió decírselo. Ahora, ambos mirábamos a través de la ventanilla trémulos de conmoción, dentro de un taxi en el trayecto de poco más de veinte libras hacia Sandycove. De antemano conversamos sobre Beckett, sobre Musil y sobretodo de Sterne. Por lo cual sin conocernos de nada logramos comprobar que ambos malgastábamos nuestro tiempo en asuntos parecidos.

Después de absorber un esmerado expresso y un chocolate negro, -ad portas- apoyé litúrgicamente mi mano extendiendo los cinco dedos sobre el muro de la torre, mientras él se acercaba sonriente e histriónico.

- Ahhhh! ¡Tocaste el muro antes que yo, cobarde jesuita! -

-¿Cobarde? ¿No era espantoso jesuita? -repliqué yo.

- En realidad es you fearful jesuit -

- Dejémoslo en horrendo jesuita por lo tanto, y perdonemos al extinto profesor Valverde- sentencié.




Ya dentro de la atalaya, sorteamos un carrusel de piezas de museo. Frente a cada una de ellas el inesperado preceptor cordobés disertaba con una pasión encomiable, siempre precedida de un ¡ah! o un ¡oh!.

Sí. Allí estaba entre otras muchas reliquias una hoja de periódico del dieciséis de junio de 1904, la gigantesca llave del torreón, una máscara mortuoria del célebre autor -de dudoso gusto-, las notas preliminares tomadas en Trieste y en Zurich, y las pruebas de imprenta en el local parisino de Sylvia Beach. Y un retrato del pistolero Gogarty.

Intrépidos, ascendimos por una endemoniada escalera de caracol que solamente puede subirse y bajarse con garantías, si uno está colmado de Guinness hasta las orejas.

Arriba, una habitación encalada, con un gran anafe de fogones y hornillo que hacía las veces de estufa. La onírica pantera negra, la vieja vajilla de loza y el camastro original de Dedalus. Al menos es lo que se pretende.

Más arriba la azotea. El locus inmortal.

-Hay unas guías de hierro en el centro-

- Debió existir una pieza de artillería en el diecinueve - vaticiné.

-¿Y esas del perímetro?-

-Debieron ser las de una casamata posterior- seguí yo vaticinando.

- Traza italiana a posteriori- dijo él, en un murmuro en declive, dentro de un milagro.

Estuve a punto de besarle las manos. ¡Por fin encontré a alguien que sabe de lo que hablo!...... ¡Ah! ¡Tío Toby!!!.

Sin embargo, sólo dije -Hemos cometido un error. Ninguno de los dos ha pensado en traer un cuenco con jabón de afeitar, para rememorar el Introito -

Reímos, mientras apostábamos dónde estaría colocado el espejo.

-¿Sabes? ….estoy muy emocionado – admitió él.

Desde arriba del cilíndrico bastión puede observarse remotamente Howth y su otra torre Martello. Recordé que fue allí, donde Molly Bloom recibió sus siete solicitudes de matrimonio. Leopold hizo un mal negocio. Dos lustros de celibato ornamentados con unos holgados cuernos.

Fue entonces cuando comprendí, otra vez más, cuan osada es la ignorancia propia. Me acordé de la recepcionista del hotel de Merrion Road y como yo le preguntaba dónde se hallaba la torre Martello.

-¿Cuál? -

-¿Cuál va a ser?....... ¡la torre Martello! – aseveré necio.

Los achantados ingleses jalonaron la antigua Hibernia de oteros fortificados de Norte a Sur ante la amenaza de Bonaparte. También hay una bandera que se contornea por el viento. Esa es la bandera que izó- ya muy yayita- Sylvia Beach en 1962. El evento debió ser muy poco antes de que ella falleciera.

Desde el antepecho del adarve se atisbaba la bahía y me pareció una postal añeja. Una población costera incrustada en un lienzo.

Functus officio, adquirí el texto de 1922 entretanto la mañana transcurría provechosa junto a un ayo tan ducho y tan interesante. Sorprendentemente, todavía me dio las gracias por mi compañía en un acto de humildad inadmisible al despedirse, tras estrecharme la mano.



Esperando el taxi de vuelta encendí algunos cigarrillos mientras curioseaba desde una barandilla, una pequeña rada llamada The Forty Foot. Más lejos, entre las rocas, unas docenas de ancianos desinflados y desnudos, descendían devotamente en hilera por unos peldaños de piedra y se zambullían en el mar. Row. Sandy Row. The Sandycove's Row.

The Forty Foot, me repetí.

No en vano en la arena deambulaban pies níveos; esos pies de mujer celta que a mí me parecen suaves y de formas dulces; que tantas veces me han turbado y que hace décadas que no ceso de hablar sobre ellos.

El sol de mediodía se revelaba sedoso; las olas, besuqueaban sumisas la orilla y la brisa, tónica. Con todo y sin sospecharlo, me había sumergido en un encantador estado de shock.








2 comentarios:

Bel M. dijo...

Me ha encantado la crónica de tu recorrido por esos lugares para ti míticos. Y la foto evidencia de que estuviste allí. Lo que no sabía es que alguien se hubiera atrevido a hacer una versión cinematográfica (y parece que con resultados bastante satisfactorios) del Ulises.
Por cierto, lo pasé muy bien ayer en la exposición.
Un abrazo.

Conde de Galzerán dijo...

También fue una tarde muy agradable para mí, Bel. Gracias por tu vista a Sandycove.
Un abrazo.