Me juzgo encadenado a un maniático loop a modo de Jane Auer. Probablemente eso sea lo que uno descubre al andar sobre el espacio quincuagésimo quinto. Si es necesario, - y si bien que, sea antiestético- confesaré de nuevo ante todos, que para mí el Sahara no es el lugar más bello del mundo.
Esta noche paseando sobre el espigón donde arrojaron al mártir tunecino, he recordado un instante a un hijo de la gran puta con babeante niño esquizofrénico en brazos; antaño rondaba por aquí cada vez que el estío entreabría sus ojos. Nada peor que ser un enfermo desde la cuna y tener a una ventregada de furcia como padrazo. Aunque hoy, es ya es un indeseable amarillento, ajado y rancio como el batallón de malnacidos que han manoseado algunas de mis horas antiguas. A saber cuál fue el destino final de su exculpado retoño demente.
Menos mal que todo se ha reducido a un solitario segundo de un santo y amén. Porque no me apetece pensar, ni hablar ni escribir sobre ello, después de tanto tiempo. Nada hay agrio en mi mente, esta víspera.
¿Y por qué no? Todos estos pensamientos rocosos, pueden deberse a que te echo de menos, sin desear echarte de menos. Bien, de acuerdo. Acaso he acudido por ti. Por si te invento entre las hespérides del aire o por si te concibo en la constelación sideral de mi propio yo, esperando hallar esa sonrisa carmesí bajo tu mirada fronteriza; esa piel recubierta de lentejuelas, rimel y purpurina; y el baldaquín de tu escarlata top hat ladeado.
Pero no. Live in Concert. El público se arremolina frente al escenario y la brisa marina no molesta. La voz aterciopelada que tanto amo sólo musita el nombre de una náyade y los sirenum scopuli son teñidos por una publicidad con irradiador verde. Sí. Lo sé. Ya sé; pese a que anochezca ahora, nadie borrará el hechizo del perro blanco junto a la mujer descalza, arropada con su albornoz azafranado.
Sí. Atardece, mi alter axis mundi. Tal vez, no te echo de menos; cuando en realidad querría echarte de menos.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada