jueves, julio 14, 2011

Excursos III

Todavía no comprendo por qué nos detuvimos en Dinant, si pudimos hacerlo en Namur. Si hay que cotejar leyendas, seguramente los apólogos son igualmente heroicos; sin embargo me parecen más románticos los anales de aquel lado del Mosa. Cuestión de tiempo. El transcurso de los años colorea las reducciones eidéticas. O porque el tío Toby estuvo allí. Eso debe ser.

Glacis, escarpia y revellín. Y baluarte. Ya se sabe, traza italiana. O lo que es lo mismo hoy en día: una “afoto” con el móvil acompañado de un qué bonito; en ésta situación uno codicia poseer una memoria parecida a un cedazo. Pero no. Aún no. Todo llegará a su debido tiempo.

Hay quienes me siguen señalando con el dedo empotrándolo en mi ojo izquierdo, al unánime grito-ya clásico- de " Nada extravagante puede perdurar". Son los proto- connaisseures. Los proto-ellos. Los que no terminan de medir nunca su proto- latus rectum. Me condenan por superferolítico. Exacerbaciones y agudos paroxismos. Una perversión del alma, unos jeux d’esprit, como tantos otros vicios autorizados.

Sin tamiz, es difícil no pensar en el Stupor Mundi. Ni preguntarse por qué estupor se traduce por pasmo, asombro o fascinación, sí estupor siempre ha significado estupor. La sorpresa – y el estupor- me sobreviene después, al conocer que el monarca retuvo a un bebé como conejillo de indias, para dilucidar la lengua inicial de los humanos. Garrafal error de laboratorio no saber lo mucho que cascan las nodrizas ya desde antiguo. Si hubiera sobrevivido unas cinco centurias añadidas, los niños ferinos del Languedoc primero y de Núremberg más tarde, le hubiesen suministrado la solución.



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