domingo, diciembre 26, 2010

The Path

Desde el 14 de julio mi boca sabía a hiel. Una lóbrega factoría se había instalado en mi corazón y la segregaba sin cesar. Tras ello, llegaron las lágrimas furtivas. Los sollozos sujetados en mi laringe. Un mes después operaron a mamá. En casa, ella sonreía. Tomé un avión hacia el norte. Necesitaba olvidar lo ocurrido y quitarme ese sabor acre en mis labios. Borrar el rastro en mi alma.

En Copenhague no hacia buen clima. Un cielo grisáceo, borroso, techaba la ciudad. Cerca del puente Langebro desayuné algo. Luego caminando por Andersens Boulevard conseguí alcanzar la Carslberg Glyptotek. Allí dentro, deambulé distraído algunas horas. En una pequeña sala advertí un cuadro de Corot. The Path. Estaba ubicado en un lugar incómodo, una zona de paso entre el quicio de una puerta y el Paisaje de un Bosque en Primavera, de Camille Pissarro. Permanecí algunos segundos, quizás unos breves minutos, observándolo mientras se me helaba la sangre. Esa imagen era real y vivida; era la fotografía casi exacta de un recuerdo muy antiguo de mi infancia.

Al salir, en la tienda del museo, intenté encontrar una reproducción de la pintura, pero no la hallé. Ni tampoco dio con ella la dependienta. Estaban todas disponibles, menos esa.

En el vuelo de regreso, volví a recordar una tarde cuando yo apenas tenia cuatro años. Mamá y yo, recorríamos un sendero solitario entre los álamos y esparcidas casas modernistas, provistas de unos jardines silentes y sosegados, para llegar al taller de una modista. Mi madre había comprado unas telas y con ellas le estaban confeccionando un vestido. Papá en aquella época, apenas aparecía por casa, por lo cual todo mi mundo feliz, giraba entorno a ella. ¿Te gusta? me preguntó mirándome a los ojos.

Meses más tarde, nació mi hermano. Y pronto intuí que mi madre ya no iba ser la misma conmigo. En breve, mi presencia pasó decididamente a un segundo plano. Y así, fueron transcurriendo los días de mi vida.

En casa, otra vez, alguien me anunció que mamá, pese a la operación, moriría muy pronto. Yo no fui capaz de aceptarlo y lo negué. En fechas posteriores, la visité. Estaba sentada en un sillón cerca de su ventana favorita. Las acacias colindantes ya se habían desvestido y en el aire se recortaba el dibujo de las ramas torturadas. Detrás de ellas, la luz era la misma, pero el primitivo sendero ahora era una avenida asfaltada y los álamos y las casas modernistas, se habían convertido en un conglomerado de edificios de descarnados ladrillos.

Ella me miró, después de tanto tiempo, de un modo semejante a aquella víspera antigua en casa de la modista. Voy a morirme, hijo. Susurró. Y yo, sabía que ella no quería morirse.

Irás mejorando, me lo ha dicho el médico. Poco a poco irás mejorando. Musité, con mis entrañas estrujadas en un puño. Y en ese puño, llegó el final del año y con él, el sepulcro en el cementerio, en la otra ladera de la sierra.

Desde ese momento, he estado rebuscando la visión de aquel lienzo. Primero en libros de arte, luego comentándolo con expertos en pintura, más tarde en Internet. En las páginas oficiales del museo, en los navegadores cibernáuticos, en las biografías y en el repaso meticuloso de la obra de Corot. Nada. Había miles de paisajes del artista parisino parecidos y muchos con el nombre de “El sendero”. Pero ninguno era mi “sendero”. Empecé a dudar si el cuadro que ví era de Pissarro y el de Pissarro el de Corot. Seguidamente, pensé que podría ser de propiedad particular y que el propietario lo cedió al museo; o incluso que alguien lo hubiera comprado posteriormente a cuando yo lo descubrí. El otro estadio, fue creer que la pintura no existía. Que la trazó mi mente en un momento de abatimiento; que fui víctima de una alucinación.

Hoy ha sucedido un pequeño milagro. Quizás esperado. En el navegador averigüé que hay referenciadas dos entradas nuevas. He descubierto que mi sendero, existe.



8 comentarios:

Antonio H. Martín dijo...

Emocionantes las tres cosas: tu relato, el cuadro de Corot y la música de Grieg.

Un abrazo, amigo Conde.

Conde de Galzerán dijo...

En realidad, Antonio, cuando vi la pintura por vez primera, me acordé de esta pieza de Peer Gynt, automáticamente. Casi seguro que ésta música es también una reminiscencia de mi niñez.
Un gran abrazo, amigo.

ramon herreros dijo...

Cuando era un adolescente pinté un cuadro basado en la música de Grieg, especialemte es esta parte, la canción de Solveig. El cuadro se ha perdido pero la memoria ha revivido por tu comentario, gracias

R

Bel M. dijo...

Me sumo a esa emoción compartida y te deseo lo mejor para este nuevo año, con un abrazo enorme.

Bel M. dijo...

Se me olvidaba, Peer Gynt (no ese fragmento, sino los alegres) era la canción de cuna que le cantaba a mi hijo recién nacido. ¿Por qué? No lo sé. Secretos del inconsciente.

Conde de Galzerán dijo...

Pues sí, Ramon. Me parece una pieza nostálgica,-diría yo que posee la esencia del Romanticismo- casi hiperestésica. Un buen punto de partida para cualquier inspiración artística. Celebro que te haya gustado mi texto; más, viniendo de ti.
Un abrazo.



La verdad, Bel, es que Grieg y Sibelius siempre me han fascinado. Entiendo que en Peer Gynt hay momentos tristes y triunfales. Y en todos, hay esplendidez. En cuanto a la imagen de Corot, percibo un lenguaje madre-hijo, mudo. “Sobreentendido.” Un universo de sensibilidades.
Mis mejores deseos para ti, amiga.

Lady Blue dijo...

Tierno y exquisito relato querido Conde... me paso por aquí, me deleito y de paso te mando un fuerte abrazo amigo.

Conde de Galzerán dijo...

Gracias mil. Otro muy fuerte para ti, My Lady.