martes, septiembre 21, 2010

Fosa 729








Siempre queda en algún árbol una hoja postrera, prendida a la rama por un milagro de resistencia inexplicable, y todas las mañanas, al pasar, formulamos una despedida porque tememos no encontrarla allí al día siguiente. Es tan frágil su aspecto, descomedida su posición, muerto su color, que no podemos explicarnos por cuál fenómeno se mantiene en su sitio invulnerable al viento, la escarcha y el frío. Simboliza el recuerdo borroso de lo que fuera en primavera y verano el ropaje del árbol; es la manifestación única de su antigua forma; la rúbrica de su linaje, el síntoma de su especie. Pese a todo lo precario que esa hoja solitaria representa, en su humildad, en su indefensión, tiene un noble elemento de fortaleza. Cada mañana la buscamos para comprobar en su delicado tallo o en el contorno de su cuerpecillo aterido los efectos de la intemperie, y repetimos la nostálgica despedida. Pero al verla de nuevo, inalterable y sola, nos preguntamos sobresaltados si resistirá todo el invierno allí. Tanta tenacidad anónima despierta en nosotros cierto elemento de sospecha ¿por qué resiste?, ¿irá a permanecer a pesar de todo?, ¿para qué su inmutabilidad?, y nos vamos acostumbrando a su presencia en el árbol frente a nuestra casa. Lentamente, con la familiaridad de lo inevitable, olvidamos la hoja fiel. Una mañana cualquiera ya no levantamos la cabeza para buscarla, ni nos despedimos de ella hasta nunca. Ha entrado a formar parte del paisaje inalterable, de ese paisaje permanente más allá de las estaciones y las temperaturas. Y muchos días después, casi sin pensar en ella, echamos una mirada descuidada que nos revela su ausencia. Se fue con el viento. Ya no está. Se fue sin despedida, sin adiós y sin lágrima. Tampoco dejó recuerdo. Simplemente se fue.”

fragmento de La ruta de su evasión.




Yolanda Oreamuno ( 1916-1956)


Descubrí, este texto. Mucho me gusta. Tras leerlo varias veces, ojeé algo de lo que fue la existencia de la escritora. Y ahora, al volver a solazarme con su lectura, se me exterioriza un pasaje premonitorio de lo que la circunstancia del tiempo aconteció después.

Oreamuno nació en Costa Rica. Tras residir en varios países latinoamericanos, acabó exiliada de un modo convencido y voluntario en la ciudad de México, dónde falleció a los 40 años. Repatriado su cadáver muchos años después, reposa bajo una lápida sin nombre y con un solo número en un cementerio de San José. Solo una mirada descuidada nos revela su ausencia. Como una hoja tenaz que al final, -sin los que debían observarla – le dieran un adiós; simplemente se fue.

También me agrada la música de Egk. El texto aunque finamente nostálgico, tiene un sabor a entereza, a sensibilidad suave, a mirada femenina. Y letras y melodía me remiten a lo mismo. Una melancolía sin desconsuelo.





3 comentarios:

Bel M. dijo...

¡Fantástico! Gracias por el descubrimiento. Eres un sol amarillo, aunque te empeñes en parecer negro.
Petons moltíssims.

Fran dijo...

Mientras leía el texto primero, pensaba a)que lo habías escrito tú.
b) que estabas otoñal, en su acepción filosófico-melancólica no cronológica, claro.

Las cosas que resisten, las vocaciones que perduran ajenas a su resonancia son las que no definen realmente, ya que están vinculadas a la identidad profunda de cada cual. Por eso escribimos, verbigracia.

Conde de Galzerán dijo...

Hola, Bel. Vamos a dejarlo en Sol. El amarillo no es un color que me guste en exceso, si exceptúo el amarillo del otoño, que en sí tiene poco de amarillo. Me regalaron una camisa de azafrán vocinglero y no puedo ponérmela. Sin embargo, el negro, se dice con todo.
Gracias por tu cariño, amiga.
Moltissims.



Me alegra tu confusión, Fran. Y el otoño no está mal, cuando no nos queda más remedio. Tienes razón. Hay una esencia que pervive inconciente y a veces se nos adelanta. Nos augura.

Un abrazo.