miércoles, julio 21, 2010

Eguzki eder



En los alrededores de la ermita de San Román aquel día había picnic. Es decir, parrilladas de carne, alcachofadas, brasas diversas y demás gulas de Baco. Existían bosques con faunos y arroyos con ninfas y vergeles con silvanos.

Por azar en la menuda iglesia adosada a la masía, iban a actuar una especie de orfeón proveniente de una parte del Alto Gállego. Mientras el ágape se preparaba, entré en el templo y me acomodé en los últimos reclinatorios.

Creo que soy excesivamente riguroso con el canto coral y las polifonías en general. A veces hasta injusto. Demasiado selectivo. No lo hacían mal pero el repertorio me pareció demasiado heterogéneo. En una de las pausas, una chica con todo el aspecto de haberse criado en las verdes praderas pirenaicas, anunció que se iba a interpretar una pieza denominada, Maite.

-Maite- me dije. De muy adolescente la había escuchado en la voz de Luís Mariano. Luego, nunca más. En aquél entonces, las hélices del tiempo comenzaron a girar más a prisa y otros torcimientos y desniveles propios de la época y de la edad, me encaminaron a otros sabores musicales que me fueron más proclives.

De repente, iniciada ya la entonación, unos extraños batracios empezaron a cosquillear en el interior de mi estómago y brotaron unos escalofríos que iban trepando por mi espalda. La garganta se estrechó y una gota en los ojos no dudó en precipitarse rostro abajo. Apenas pude oír el final de la canción. Huí de la iglesia con la cara llena de lágrimas.

Apoyado en una de la jambas del sencillo pórtico, me pregunté qué estaba ocurriendo; después de todo, aquella melodía nunca me había gustado especialmente. -¡Joder, vaya tontería!- intenté disculparme a mi mismo. Pensé que no había de haber abandonado el gimnasio. -Te estás haciendo un blando- dijo la vocecita interior. Sin embargo, atiné que quién necesitaba gimnasia era mi alma y no conozco ningún deporte que la endurezca.

Tal vez me estaba haciendo muy viejo. O muy niño. Pero como nunca he aceptado las regresiones, era evidente que era la primera premisa. Las emociones del pasado van amontonando lesiones, aunque uno no se de cuenta.

Sí. Aquella melodía que yo creía sin más valor que el que tiene, me catapultó sin proponérmelo a unos días, donde lugares y personas queridas ya no están. Ni volverán. Un vestigio íntimo, enquistado en mí, de la primera mujer que me quiso. La primera que quiso que yo, fuera.


5 comentarios:

Bel M. dijo...

Bueno, ya lo dicen que la música apunta directamente al alma, y la alcanza. Para mí siempre ha sido más efectiva que la famosa magdalena, y veo que aquí para usted también, mi querido Conde. Cos, recorda, que decía no recuerdo quién y no sé por qué lo recuerdo en catalán.
Preciosa entrada, Conde.
Un beso.

Lady Blue dijo...

Que precioso acontecimiento querido Conde...a veces nos negamos a nosotros mismos el pasado, sin darnos cuenta de que esta ahí, incrustado, formando parte de lo que somos y seremos. Algo parecido me ocurrió a mí hace unos meses, algo que ya te contaré algún día puesto que no hablamos de mí...jejeje Pero que entiendo perfectamente lo que te ocurrió, y que pensé exactamente lo mismo que pensabas tú. Otra situación, otra historia, pero el mismo transfondo...Sabes? desde aquel día ha vuelto en parte la niña que hay en mí, y te puedo confesar que me encanta!! La dureza que a veces nos exigimos por el paso de los años, nos crea una coraza que no deja ver quien somos realmente, y estas ocasiones nos la pone el destino para que recordemos quien somos de verdad... (bueno es mi pequeña teoría de supervivencia emocional...jejeje) Emotivo y precioso Conde. Besos

Conde de Galzerán dijo...

Creo que es de Kavafis. Bel. De todas las artes, quizás la música es la que tiene un poder más directo sobre mí. Es capaz de demolerme o de erigirme con la misma facilidad. Me afecta. Solo hay que ver como tengo este blog.
Besos


Es cierto, Lady, pronosticaría que es cuestión de máscaras. Y en ocasiones, la máscara no es una palabra peyorativa; al contrario, el antifaz es un arte que nos es propio, y hace soñar secretos en los otros. También ayuda a sobrevivir emocionalmente, como tú muy bien dices. Se encarga de ocultar el lado mullido y tierno de todos nosotros.
Besos

Antonio H. Martín dijo...

Es lo que tienen algunas melodías, amigo Conde, que se nos enganchan a los recuerdos, y eso queda grabado en el inconsciente.
Podemos creer que las hemos olvidado, pero no. Y a veces nos encontramos con sorpresas como la tuya de la ermita de San Román.

Un abrazo.

Conde de Galzerán dijo...

Ciertamente Antonio. Esos registros parecen decolorados. Un clic cachea nuestra vida y vuelven a ser verdad. Vuelven a estar.

Siento la tardanza en contestarte, pero hoy es un día de Agosto, y si esto es Agosto, ya se sabe.

Un abrazo amigo.