miércoles, junio 02, 2010

El beso de un aroma

No sé si aquella mañana de Noviembre me cuestioné cuánto de Stravinski hay en Shostakóvich. Imagino que no. Porque en aquellos instantes era incapaz de alejar mi visión de aquella mujer.

Iba acompañada de un marido que había tomado miméticamente la tonalidad de los suburbios de Kiev y detentaba un aspecto tan alicaído, como los bosques de Chernóbil después de 1986. Nada extraño, ya que en esas horas que rememoro, todavía humeaba la Perestroika y la Glásnost, y los cascotes de hormigón abatidos en Berlín, aún estaban calentitos.

Ella sin embargo surgía como una matrona romana; una sirena divisada en aquel lugar ligur que va de Monterosso a Riomaggiore; un bello astrágalo que buceaba en el edén de las Cinque Terre. La inspeccionaba atentamente, como un detective decimonónico con su lupa; como un laborioso científico con su microscopio. Atezada, los senos abundosos, sinuosas las caderas, las nalgas, primorosas; las piernas….

Era tan deliciosa que su pobre vestimenta pasaba desapercibida.

Y yo, la acechaba descarado. La primera vez que ella entrecruzó sus ojos con los míos, pareció sonrojarse. Después, me miraba sin mirarme. Leve, se solazaba íntimamente de saberse observada, anhelada.

Transcurrieron algunos días, y en cada ocasión me atisbaba una sola vez, ubicándome, deseosa de volver a descubrirme. Luego, se rastrillaba con los dedos el cabello, dejándose venerar.

Se llamaba Larysa; intrépido como Josué, logré preguntárselo en un pésimo inglés, frente al atrio del Monte de las Tentaciones, en Jericó, aprovechando un descuido de su insípido cónyuge. Ella, ejercía como médico y su lugar de origen era Sebastopol.

Pero los shofarim no volvieron a sonar.

La última tarde que la vi, remontamos las orillas del Mar de Galilea hacia el septentrión. Había visto un gran hato de cigüeñas viajando hacia el sur y poco después se escuchó el estruendo de las baterías de artillería más al norte, en los Altos del Golan.

Mientras me interrogaba qué diantre hacía yo instalado junto a una mesa en Cafarnaum, inesperadamente ella se acomodó frente a mí, secundada por su esposo. No me atreví a decir nada y ella tampoco. Pero estaba allí. A un brazo de su figura. Y pronto comprendí que hay azares que se fabrican. -¿No querías mirarme?- inquirieron sus ojos.

Antes de servirnos los platos entrantes, una camarera distribuyó unas fuentes colmadas de exhalantes limones cortados sobre los blancos manteles. Larysa se apoderó de una y tras husmear no vaciló en aproximarlos a mi olfato, escoltados de una sonrisa fascinante.

Sospeché que todavía,- entonces- existía un mundo remoto que iba desvaneciéndose. Un orbe erigido de gestos afables, de miradas y sonrisas. Un universo de detalles y pequeñas cosas donde las más bellas palabras moraban en el silencio, en los jadeos, en el moverse de los cuerpos. Nunca hubiese augurado que brindarme la fragancia de unos cítricos recién sajados, me hubiera parecido tan sensual y tan cómplice, obsequio.



3 comentarios:

alfaro dijo...

Me ha parecido un sueño, casi una pesadilla si no fuera por los cítricos y su aroma.

Antonio H. Martín dijo...

Tienes razón, amigo Conde: interesante coincidencia de azares y bellezas...
Quizá es debido a este tiempo intermedio, entre la primavera y el verano. Lo que está claro es que ese mundo "erigido de gestos afables, de miradas y sonrisas" es real, ¡existe!, y nos lo podemos encontrar en cualquier parte.
A mí me sucedió en el viejo Madrid, y ojalá tuviera parte de tu maestría con las palabras para poder contarlo.

Un abrazo.

Conde de Galzerán dijo...

No, no fue un sueño, ni una pesadilla, Alfaro. La verdad es que ocurrió tal cual.
Un abrazo.



Que ocurran cosas sencillas y que nosotros podamos valorar, cada vez es más raro. Pero sin duda a veces pasan. Tendemos todos a la sofisticación de las cosas.
Ojalá, tuvieras razón con eso de la maestría.

Un abrazo, Antonio