jueves, enero 21, 2010

Ella dejó su casa



Todavía recuerdo la primera vez que observé ésta fotografía. Era el verano de 1965 y los The Beatles llegaban para actuar en España. Una actuación inicial y por siempre más, la última.
En una revista de la época se hacia mención del evento a media página. Al pie de la instantánea había adjetivos como melenudos, vagabundos, gamberros y otras lindezas. En el único canal de televisión nunca aparecieron imágenes de ellos antes de 1969. Y en las emisoras de radio de aquel tiempo exclusivamente se podía escuchar, A hard’s day night ó Yesterday en la versión orquestal y relamida de Ray Coniff.

Hoy, hay conservatorios de música, museos y locales y cientos de monumentos y homenajes en todo el mundo, consagrados a aquellos jóvenes y estridentes mendigos de las orillas del Mersey. Dedicados a ellos y a muchos de sus lugares y a los personajes de sus canciones.

He descubierto otra estatua en la avenida Stanley de Liverpool. Y he evocado aquellos adjetivos que les dirigían gentes graves y de supuesta gran reputación.
La nueva escultura revelada no es sino otra que Eleonor Rigby sentada en un banco. Aquella mujer que barría el arroz derramado al pie de la iglesia después de las bodas. Recogía deseos de felicidad, de bellos sueños, de bendiciones, que sólo eran para los otros.
La canción que le brindaron es una de las pocas canciones tristes de The Beatles. En general, los chicos de Liverpool creaban alegría, transmitían entusiasmo, contagiaban libertad y ganas de vivir: y esa, en realidad era, es y será, la fórmula de su éxito.

Sin embargo, a mi juicio existe otra canción suya, aún más triste. O al menos, es a mí a quién se lo parece. She’s Leaving Home. Las voces de McCartney y de Lennon me sugieren una ternura y una tristeza extraordinaria para contar y cantar esa historia. Un suceso que se basaba en un hecho real, aparecido en un periódico de aquellos días.

Desconozco por qué, pero esta melodía siempre la relacioné con un espléndido film, bandera del free cinema, dirigida por Tony Richardson en 1961 y titulada A Taste of Honey. Lo ignoro, porque allí la narración iba un poco al revés.

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