viernes, julio 10, 2009

Vecindad


Mientras el ragazzo se esfumaba por la puerta del almacén, aguardé observando ocioso un enorme y detallado mapa de Italia que pendía en una pared de la recepción. A su regreso, le pregunté por la localización de Brancaleone Calabro. El muchacho buscó con el índice al vuelo hacia el sur de la península sobre el póster cartográfico. Laggiù, da qui. Luego con un suave bah!, renunció a su búsqueda exacta.

Era un mozo amable. Seguramente su cordialidad tenía mucho que ver con las dos cajas de joven y suave moscato piamontés que me iba a llevar, como obsequio para las pausadas libaciones de mi siempre adorada Marquesa.

Mientras me deslizaba con el automóvil por las sinuosas carreteras del Cuneo, pensé en ello. En el desprecio de la Italia norteña hacia las gentes meridionales. Recordé el asombro que me produjo comprobar algo tan disimulado y supuestamente fútil como la relevancia que podían darle a una gloria literaria como Torquato Tasso. En las grandes urbes septentrionales, como Torino, Milano o Bologna, las calles dedicadas al inmortal sorrentino, son puros callejones o pasajes.
Sin embargo en las ciudades de Nápoles, Bari o Catanzaro, al laureado poeta se le consagran grandes Corsi y amplias Piazze.

Y uno escucha en Nápoles que creen que fueron ricos hasta que el Norte los empobreció. Y en Palermo que desde el Reino de las Dos Sicílias no han levantado cabeza. La Liga Norte por su parte piensa que el sur es una pesada carga para su progreso.
Y uno mira la historia política del mundo y no acaba entendiendo nada. Parece que el racionalismo inaugurado por Descartes solamente ha servido para el método científico pero ha sido nulo para la política y la sociología.

La unificación italiana no fue algo realmente deseado por los propios italianos, sino que fueron las potencias extranjeras quienes decidieron que debían vivir todos juntos. Un desafuero surrealista que pervive milagrosamente desde hace más de cien años entre fisuras culturales y grietas socio-económicas.


Y en definitiva, un país es como una comunidad de vecinos. Todos tan distintos y todos creyéndose los mejores.

2 comentarios:

MGJuárez dijo...

Muy buena esa observación que haces de la forma de aplicar la nomenclatura en la calles, en lo que se supone un mismo país, pero con zonas tan diferentes.

Hace poco he leído sobre el éxito que tiene entre los lectores la narrativa novelada de hechos históricos; al parecer es lo que apetece, distanciarse de la responsabilidad que correspondería a cada vecino.

Gracias por compartir.
Montse.

Daniel Damián ( Conde de Galzerán) dijo...

Sí, Montse, realmente me sorprendió. Tanto que se critica o se habla de unidades, al menos en España, Miguel de Cervantes tiene calles del mismo rango e igual aprecio, en todas partes ,si fá o no fá.

Gracias a ti, por seguir por aquí.