viernes, julio 31, 2009

Imagen de Solva



Pudiera ser un semáforo del Paseo de San Gervasio, puede que lo fuera. Estaba seguro que la luz no estaba en ámbar. Lo que realmente dudaba era si estaba en rojo o en verde. Ante la duda me detuve. Apenas podía ver nada con precisión salvo dos chicas que aguardaban al lado de la acera. Ahora caigo en la cuenta de que debió ser verde el color del disco. Al verme, ellas se movilizaron y se dieron un apasionado pico; imagino que era para que me consagrara a la diosa envidia. O para que me excitara. Sonreí, porque no creo en eso. Nada me pone, si yo no participo. Además, me infravaloraban: ignoraban que se hallaban frente a un monstruo.

Al final decidí cruzar antes que el coma etílico me sorprendiera allí mismo. ¿Por qué no aventurarse al abismo si lo hizo el Marqués d’Arlandes en globo?
Una vez cruzado el semáforo, ileso, había de ser remontada la montaña, la sinuosa carretera y salvar los barrancos para llegar a mi home sweet home. En las curvas apretujé el acelerador con toda mi alma. Si había que morirse despeñado, que no llevara tiempo.

Poco antes de suceder nada, hubiera debido imaginar potestades o acaso algún arcángel.

Pero asombrosamente, lo único que recordé fue aquel lejano resto del día en el cottage, ante un mar cruel, brutal. Unos inconscientes jóvenes desnudos se desvanecían entre las olas que avanzaban asesinas en la ría de Solva. Hacía un frío inclemente; el paisaje era de Turner y los niños, de Sorolla. Allí no vivía el benévolo Mediterráneo; era el compacto latir del enojado Océano tenebroso.
Cerca, se sentaba indolente una mujer, hermosísima, blanca y sonrosada, con un pie desvestido, hermosísimo, blanco y sonrosado y con unos ojos tan azules y despiadados como ese mar de Gales. Y lloré amargamente.

No muy lejos, apoyados en el malecón, unos jóvenes de brazos grabados y expulsados del mundo de Herman Melville, también la adoraban.
Todos fuimos maravillosos muchachos; tatuajes de barcos, tatuajes de lágrimas.

9 comentarios:

Paula dijo...

Me encanta leerte Jojo, me encanta. A veces -muchas- no tengo muy claro a qué te refieres, pero eso no es inconveniente para que me guste.
Hay algo que no había notado, y que también me gusta, y es que utilizas el punto y coma. Ya casi nadie lo hace.
Saludillos de viernes.

Lena dijo...

tatuajes de lágrimas...

Me mataste...

(con la tentación de pisar a fondo hasta el vacío me trajiste recuerdos...)

Un beso, Daniel.

Daniel Damián ( Conde de Galzerán) dijo...

Si, Paula; creo que el punto y coma da un ritmo al texto que no lo consigue un punto solitario o una coma vagabunda. Y tienes razón, yo también considero que escribo como escribían los de antes; antiguo que es uno. Me encanta que te encante.




Las lágrimas que a veces provoca la inasible belleza, Lena…. Toda clase de tentaciones son en si un acto poético, en mi opinión.

Gracias y besitos estivales para ambas.

Ico dijo...

Me gusta lo que escribe.. me asomo por aquí y te descubro. Has conseguido una unión mágica de música y texto.

Daniel Damián ( Conde de Galzerán) dijo...

Saludos Ico. Gracias por tu comentario. Resulta agradable que los que a uno lo visitan, adivinen tus propósitos. Y si además esta intención gusta, todavía es más grato.
Un abrazo.

Anónimo dijo...

Yo nunca apretaré con rabia el acelerador en una tarde embriagada,añorando el maravilloso muchacho que fui... por que no lo fui. Y, ahora, a posteriori y haciendo trampa, digo que no quisiera haberlo sido. No me queda más que disfrutar del maduro expléndido en que me he convertido y en solidaridad con el narrador de este texto, embalaré mi automóvil hacia su mortal precipicio ¡Torero!
Fran.

Daniel Damián ( Conde de Galzerán) dijo...

Bueno… si alguien merece el apelativo de ¡Torero!........ sin duda es el protagonista. El narrador como puede comprobarse fácilmente, no llega a monosabio o a picador dado que sigue vivito y “coleando” y eso de acantilarse es una inclinación que de momento, todavía no posee. Por lo tanto, prefiero que seas insolidario y nos sigas brindando tu buena literatura. Un abrazo Fran.

Anónimo dijo...

Perdonáme, amigo Jojo, que oficie la ingrata tarea de tocacojones. Pero si no recuerdo mal, inmediatamente antes de que me expulsaran de un taller de literatura, creí entender que el narrador no es el autor, o sea tu sin duda muy estimable persona física, ya que tú serías el narratario. El narrador sería el Conde de Galzarán (a quien yo tengo el honor de conocer por sus escritos), que cuenta sus avatares. Esta expansión mía de pundonor relativo a las nomenclaturas gramaticales, no es óbice, obstáculo ni cortapisa, para que esté totalmente errado en mi apreciación. Abrazos.
Fran.

Daniel Damián ( Conde de Galzerán) dijo...

Probablemente tengas razón, Fran, pero creo que en el fondo da igual quién escriba y si lo que se escribe es una historia cierta o inventada. A mi parecer lo importante es que sea verosímil. Es decir que tenga pies y cabeza (el orden es indistinto).Que el protagonista, el narrador o el narratario sean o no el mismo juzgo que no tienen demasiada trascendencia. Tiene cierta ventaja no definirlos. Si van mal dadas uno puede decir que el “chico de la peli” es otro; si conviene, siempre se puede decir que es autobiográfico. También es un modo de adornar los escritos con un leve misterio.