lunes, junio 22, 2009

Viejo zapato marrón


Leyendo la entrada de mi ciberamigo Antonio Castellón en su bitácora Cuaderno Nocturno sobre viejos y “viejos”, un recuerdo de hace unos cuatro o cinco años atrás, me ha llevado a la villa francesa de Vernet-Les- Bains.

Había decidido pasar unos días de verano con mi familia y unos amigos, alojándome en el Hotel Moderne en el cual se albergó Salvat Papasseit, y leer sus versos en el mismo lugar que el poeta los escribió en 1922.
La primera tarde de nuestra estancia, mientras tomábamos unos refrescos en una terraza de la Place de la République, reparé en un anciano solitario que rondaba entre la concurrencia acomodada entorno a las mesas departiendo placidamente, al igual que nosotros. Era un hombre alto y bastante erguido para la edad que aparentaba tener. Enjuto, deambulaba portando una vestimenta sencilla y cuidada, ayudándose- no en extremo- de un bastón. Mesa por mesa balbuceaba algo a la gente que le ignoraba completamente. Luego se detenía, como buscando reposo y retornaba a dirigirse a otra mesa. En principio creí que demandaba limosna pero me percaté que no existían los ademanes de negarle nada. Tampoco parecía que estuviera bebido, dado que los tambaleos y las voces iradas estaban ausentes. Simplemente le ignoraban. En un pequeño lapso, se sentó en el arrimadero de la fuente de la plaza, practicando el ingenuo pasatiempo de mirar a los refrigerados parroquianos. No tardó demasiado en acercarse a nosotros. De cerca, advertí que era nonagenario.
-Buenos días-, espetó educadamente. Nosotros le devolvimos el saludo. Hablaba entre pausas y preso de un leve temblor de senectud. Confirmó que hacía buen tiempo y que en la plaza se estaba muy bien. Obviedad que todos conocíamos. Después nos preguntó por nuestro origen.
Al comprobar que yo respondía a sus preguntas, poco a poco el hombre fue tomando confianza con su tono afectuoso y no desaprovechó la ocasión de que alguien le escuchara. Podía sentirse vivo y reconocido como un hombre de este mundo todavía, aunque fueran tan solo unos minutos.

Era catalán. De Monistrol de Montserrat, dijo. El destino le castigó con una guerra y además le ubicó en el lado perdedor. Entre las penurias del exilio, rehizo su vida, se casó con una mujer francesa y jamás volvió a España, pese a estar a dos pasos de la frontera. Ahora, el azar le había despoblado de amigos, compañeros y saludados de su generación. Un viejo y aislado árbol en un bosque talado.

Sentí conmiseración y cierta dilección por él. Si hubiera estado solo, le habría invitado a sentarse, para que me relatara como era el mundo cuando él era joven. Pero dejé que se retirara y volviera a situarse cerca de la fuente. Allí, aún latiendo, invisible a todos los ojos, como un viejo zapato arrinconado.

8 comentarios:

Lena dijo...

Entrañable relato, Daniel.

La vejez y la sabiduría que conlleva nos pone nerviosos, nos desorienta. Queremos acercarnos, saber más, abrigar y ser amparados pero ni sabemo cómo hacerlo.

Nos repele y atrae a la vez...como imagen de espejo.

Lena dijo...

Fe derratas: no sabemos

June dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
June dijo...

Comparto la opinión de Lena, es una entrañable historia.
Sabes, Conde, un día vi como una mujer joven en la cola de un supermecado se giró y miró con altivez a una anciana, sin motivo alguno ; la anciana, percatándose de la situación le dijo: "por mi puerta pasarás..." y la joven, al oirlo, se volvió de nuevo y persistió en la mirada.

Daniel Damián ( Conde de Galzerán) dijo...

Nos asusta la vejez tanto como la muerte. El error es creer que el anciano ya es un muerto. Ya no tiene belleza exterior y por eso miramos a otra parte. Entiendo que la sociedad en general trata muy mal a algunos ancianos.

Besos para las dos, amigas.

Antonio Castellón dijo...

Emotivo recuerdo, amigo Daniel.
A mi modo de ver, éste era de los viejos "vivos", que no tenía culpa del paso de los años ni aceptaba que hubieran pasado. Este es de los buenos.

Un abrazo, joven.

Paula dijo...

"Los ancianos son como esos libros viejos, rotos y apolillados, de tapas descompuestas por el uso, que están llenos de cosas maravillosas"
No recuerdo quién dijo esto, pero alguien lo dijo.

A mí de pequeña, a menudo, más que salir a jugar, me gustaba visitar a algunas ancianitas viudas de la plaza en la que vivía, y sentarme a su lado a conversar mientras cosían. Qué le vamos a hacer, siempre he sido una niña muy rara.

Besillos.

Daniel Damián ( Conde de Galzerán) dijo...

De veras Antonio, me pareció un anciano afable y tierno.

Si, Paula, yo también debo ser raro. Suelo escuchar a todo tipo de gente, pero creo que los ancianos acaban teniendo más jugo, en general.

Saludos a los dos.