jueves, abril 16, 2009

Volver

Me apetecía volver a París. Esta tarde, después de guardar el equipaje en el hotel, he salido a la Rue Cambon. El ambiente se deja sentir desapacible y la lluvia se ha sosegado. Es pronto para encerrarme en la habitación y desmesuradamente tarde para ir a ningún lado. Me acerco sin sensación de hambre a Chez Flottes. Fuera, junto a la entrada, un hombre dinámico canturrea atizado por el frío, mientras limpia y prepara en un mostrador a pie de acera, unas grandes cestas repletas de espléndidas ostras. Me saluda cortés al ver que observo lo que hace. No puedo resistirme. Dentro no hay excesiva gente y la mesa del rincón me parece muy acogedora. Todavía flotan restos de Edith Piaff entre los aires nuevos de esta Citè de Ludovic Navarre. Los rostros parroquianos los estimo amables y escojo de la carta un champagne “cru”; considero que no tiene un precio exorbitante y juzgo muy propio para acompañar la docena de ostras, después de que la chica me obsequie con una afable sonrisa.
Otra vez en la calle, me doy cuenta que la elección ha sido excelente; entretanto sigo hasta el cruce de la Rue de Rivoli, con la intención de dirigirme hacia la izquierda. En esa dirección siento deseos de aproximarme a la Vendôme, a la casa que vivió el general Aupick con su joven hijastro Charles. El poeta, que no confeccionaba rosas de Bach, sino flores malditas. Un poco más allá, paseando entre los porches, también sería interesante reconocer dónde Laurence Sterne compró unos guantes a aquella agradable y sumisa joven, cuando pasó por aquí.

No obstante, de un modo inconsciente, mis pasos me llevan hacia el otro lado, como empujado por una fuerza que no sé reconocer y pronto, me veo andando con pasos pausados por La Concorde, mientras descubro en la oscuridad de la noche como se eleva adormecida la Tour Eiffel al otro lado del Sena. Es una visión cercana, y se revela oblicua a mi indecisa posición. A estas horas está solitaria pero radiante. Como si estuviera compuesta de ascuas pequeñas, a modo de chispas de fuego inmóviles, dibujada como una estática trayectoria de un gigantesco cohete que emerge hacia el cielo nocturno.

Ahora, atravieso la deshabitada y húmeda plaza hasta desembocar en la Avenue Marceau. Caminando por ella, pienso que sigue siendo todo muy extraño. Demasiado, porque atino que algo me ha llevado de una forma involuntaria ante un loungue italiano, que reconozco de inmediato.
Las mesas están elegantemente dispuestas; apenas nadie. Y tú, no estás. Seria demasiado despiadado que aún me estuvieras esperando.

Aquí estoy Michèle, después de tantos años, con las solapas de mi abrigo levantadas y mi sombrero ladeado. Si, Michèle. Ahora puedo imaginarte sentada en una de esas mesas, fiel a la cita que nunca acudí.
Ignoro si es por la gélida brisa de este invierno, pero mis ojos se han enturbiado.

Demasiado esfuerzo para nada. Demasiados anhelos depositados sobre mí, sobre alguien que no lo mereció. Tu esfuerzo Michèle. Abandonaste los libros del Lycée de Rodez hacia París en un autobús, y un café entre tus manos mientras aguardabas al héroe de tu fantasía…a nadie.

Si, ¿cómo no voy a acordarme de aquella tarde en Barcelona? Pero yo nunca creí que fueras tan feliz a mi lado. Como no recordar la única vez que nos vimos y nos amamos.


Fue una milagrosa casualidad que luego supieras dónde estaba y que me escribieras. Claro que si. Recuerdo perfectamente las cartas que intercambiamos y como urdimos ese camino que juntos íbamos a recorrer aquí, entre el sueño de los bulevares; bajo los tejados parisinos.
Éramos los dos exageradamente jóvenes y yo demasiado loco para vivir bajo ningún techo. Nada sabía que mis cartas vivieran tantos años después sobre tu tocador, como una porción de mí, como el único tesoro que te importaba. Pero si conozco que las horas no han pasado dulcemente para ti y que no has encontrado otro príncipe encantador.

Ahora, camino de prisa hasta el puente de Alexandre III, como huyendo de un error y allí inclinado sobre el pretil, junto a las farolas, contemplo sus destellos sobre el río. Un día esas luces se rieron de ti, Michèle.
Hoy, se burlan de mí. Michèle…. Michèle…. hoy se burlan de mí.


13 comentarios:

Bel dijo...

Qué melancólico y acertado ese despliegue de la ya de por sí melancólica canción. No por dulce, es menos triste. Las historias de amor perdido u olvidado o acabado lo son tanto... y tú lo has transmitido tan bien...que me voy un poco triste.
Te dejo un beso igualmente.

Daniel Damián ( Conde de Galzerán) dijo...

Pues no era mi intención que te fueras triste de mi blog, Bel, sino al contrario; parece que voy ha auto titularme el rey de la melancolía. Lo que ocurre es que si uno recuerda una canción siempre acuden situaciones y sentimientos asociados a ella. Habré de guardar mi tocata.


Un BESOTE, amiga

Bel dijo...

No, por Dios, estar dulcemente triste también tiene su gracia, y mucha, pero, Conde, por lo menos literariamente, es cierto que que su reino se parecería mucho al de la melancolía.
Abrazos.

CoRaZoN_ToCaO dijo...

Que triste historia!!!.Es como afirmar una vez mas que el amor esta mas asociado a las ausencias,que a las presencias.Lindo relato,me dejo llena de melancolia.
La cancion le da el toque final
Un besillo...

Bel dijo...

Querido Conde:
Como te dije, tienes un pequeño obsequio esperándote en las Amapolas.
Un beso grande.

June dijo...

Tienes una putadita en JUNE. Lo siento, pásate por allí.

Daniel Damián ( Conde de Galzerán) dijo...

-Los amores imposibles, los ausentes…....siempre albergan un toque de idolatría pagana, que los hace tristes y a la vez sugestivos.

Besillos, Susana




-Gracias Bel, ya recogí el carrito. Ya lo tengo decidido; este verano me montaré un “chiringo” en la playa.

Mil besos.



- Gracias también June. Ojalá todas las putaditas fueran como ésta.

Mil besos más para ti.

MGJuárez dijo...

Aps! Pues dígame en cual orilla, Sr. Conde. ¡Me encantan los cítricos!

Fuera bromas, vine a felicitarte por el poema a Bel, es una preciosidad. ¿Tienes más escritos en catalán?

Abraçades!Montse.

Daniel Damián ( Conde de Galzerán) dijo...

Gracias Montse. En catalán tengo mucho escrito, pero es básicamente prosa. Lo de la poesía, es muy de tanto en tanto. Sólo cuando sucede.

Abraçada.

Anónimo dijo...

Más que tristeza, cierta melancolía en el relato. Reconocer que alguien nos amo bajo la lluvia de París sin que lo supiésemos, es como para dejar escapar un par de lagrimones dulces y amargos como albaricoques fuera de temporada.

Fran (mileteraturas)

Daniel Damián ( Conde de Galzerán) dijo...

Soy de los que creen que mientras nosotros soñamos con alguien, otros sueñan con nosotros. Y a menudo, ni unos ni otros lo acaban descubriendo.
Maniobras y bromas del mundo.

Saludos Fran

June dijo...

Conde, el poema a Bel es muy bueno...quiero más...Petonets.

Daniel Damián ( Conde de Galzerán) dijo...

Gracias Rosa.Creo, sin embargo que esto de la poesia, está muy ligado a si la musa está de ronda por mi casa. No me considero poeta para rien de rien.

Petonets.