domingo, abril 12, 2009

La sombra de un miliciano muerto.


Aunque no ignoraba la célebre fotografía del húngaro Ernest Andrei Friedman, renombrado como Bandi, desconocía la leyenda que la envolvía.
Quizás me sentí vivamente atraído, cuando leí que la imagen fue tomada en el Cerro Muriano, en las estribaciones de Sierra Morena.
Transcurridos más de cuarenta años después que fuera tomada esta fotografía y como muchos otros, milité en la Quinta Compañía del Segundo Batallón de Fusileros de Montaña en Obejo, durante unos largos y calurosos meses.
De repente recordé, que al cabo de unas semanas de incorporarme allí, se hicieron unas maniobras militares.
Armado con un fusil de asalto y desde el Llano Amarillo, me ví en vuelto en una escaramuza junto a mis compañeros y con la orden de tomar el depósito de agua que coronaba la cima.
Lo cómodo, en esta ocasión, era que no se conservaba enemigo que ofreciera resistencia y que uno se movía entre balazos de fogueo.
Lo patético, era que había puñetazos entre nosotros para agenciarse con un matorral o un sediento alcornoque, donde esconderse de un inexistente defensor.

Ahora reconozco el lugar y comprendo que esa debió ser el área donde cayó el soldado republicano, ahora hace casi setenta y tres años.
Hoy, el paroxismo turístico ha erigido una reproducción del icono, una especie de efigie de latón hortera, - a modo de toro de Osborne,- para indicar la zona de aquellos sucesos históricos, al pie de la hermosa carretera que zigzaguea desde Los Pinares hasta Pozoblanco. Aquella calzada repleta (desconozco si siguen allí), de ventas y tabernas; paraíso del pollo frito, del pimiento verde y de las fritangas de patatas, de los tomates sabrosos y las mil y una,y no menos ricas, tapas de cerdo. Y como no, mucho, mucho Fino frío, contra el calor.

La fotografía fue tomada el 5 de septiembre de 1936 en el frente de Córdoba en los compases iniciales de la Guerra Civil Española. Según la versión inicial eran sobre las cinco de la tarde, y Friedman, en unas horas que “no pasaba nada”, salió con un pelotón de milicianos republicanos para realizar un reportaje de la guerra, para las revistas francesas Regards y Vu, simulando carreras en un asalto guerrillero. Más que un ejército organizado, se trataba de ciudadanos con escopeta. Al parecer, en un momento preciso y en plena representación, se oyeron unos disparos que alcanzaron la cabeza, (otros dicen que el corazón y algunos que encajó dos proyectiles) apenas a cuatro metros de la cámara, del soldado que se hizo universal.
Las circunstancias probadas son que semanas antes un grupo de milicianos anarquistas partieron de la provincia de Alicante para reforzar encarnizadamente, el avance del General Varela desde la ciudad de Córdoba y que se enfrentaron, aquella jornada, a una columna insurgente y “nacional”, formada por regulares marroquíes al mando del coronel Sáenz de Buruaga, sin hacer prisioneros (se cuentan entre 50 y 120 cadáveres fusilados en ese día) y saqueaban los cortijos de Suerte Alta, por tierra y aire, ante el terror de los cordobeses. Es decir, que en la versión primigenia, la improvisada sesión de fotos acabó en una emboscada y en una tragedia.
Durante muchos años, el soldado caído fue un combatiente desconocido y en si mismo, un canto a la sordidez de la muerte en pos de la libertad y la lucha anti-fascista. La mejor fotografía del siglo XX, según Arthur Miller.

Ante tal casualidad, muchos no tardaron en desconfiar de la perfección del azar y del oportunismo insólito y sospecharon que Friedman inventó una falsa “mise en scène” con el comercial propósito que la imagen sacudiera todas las sensibilidades. El fotoperiodista, siempre rehusó hablar de su retrato, dejando entrever un sentimiento de culpa por el óbito de su “modelo”, mientras lo exponía inconscientemente a los proyectiles fatales de los enemigos.

Considero que ninguna fotografía, reúne tantas peguntas inherentes y la revelación de todas ellas, son casi irresolubles. La primera la de su autoría. Ese día a Friedman le acompañaba la también fotoperiodista alemana, Gerda Taro, su novia en aquel entonces y cuyos trabajos conjuntos se firmaban con el seudónimo de Robert Capa. Una de las pocas cosas que se han podido comprobar con certeza es que la imagen fue tomada con una Leica III de 35 mm; la Leica que utilizaba Friedman, mientras Gerda Taro usaba una Rolleiflex. Sin embargo, se sabe que ambos intercambiaban sus máquinas según la situación.
¿Tomó Gerda la cámara Leica para hacer la fotografía o fue su compañero quien realizó la instantánea? El testimonio de Gerda pronto se desvaneció. Apenas un año más tarde, - cuando la chica ya había roto su relación con Friedman, y firmando sus trabajos, no como Robert Capa sino como Photo Taro,- regresando de la Batalla de Brunete acompañando a una división de las Brigadas Internacionales, se desplomó del estribo de un coche y un tanque republicano la aplastó. Fallecería pocas horas después en el Hospital del Goloso en El Escorial, el 27 de Julio de 1937 con apenas 27 años de edad. El otro testigo tardó un poco más en disiparse. Exactamente el 25 de Mayo de 1954.En esta fecha, en Thai Binh (Vietnam) desaparecía Friedman, tras pisar una mina, siguiendo al ejército francés en un reportaje para la revista Life.

Todo parecía haber quedado en el baúl de los recuerdos y en el muy probable artificio de la fotografía. Sin embargo, no hace demasiados años, un historiador local de Alcoy, consiguió poner sobre la pista a Federico Borrell García, conocido como “El Taino”, nacido en Benilloba y a la sazón, libertario. Una anciana cuñada suya, lo reconoce e investigando los documentos de guerra, se constata que Borrell moría ese mismo día 5 de Septiembre con 24 años de edad. Aunque los expertos vaticinan, que el miliciano de la imagen parece mayor y algunos rasgos faciales no equivalen de una forma precisa.

A la vez, se duda del lugar. Hay quien afirma que el cerro no es el Muriano, sino otro más al Este, al otro lado de la vía del antiguo ferrocarril, que se eleva sobre unas viejas minas de cobre, explotadas por una compañía inglesa a principios del siglo pasado, llamado el Cerro de la Coja. Otros afirman que pudiera ser en Torreárboles.
También se recela de la hora que ocurrieron los hechos. Oficialmente eran las cinco de la tarde, no obstante la sombra reflejada por el soldado delata que la posición del sol era la de las nueve de la mañana, dado que la imagen está encuadrada hacia el Norte. Abogando a favor de la realidad, existe la hipótesis de Robert Franks del Departamento de Homicidios de Memphis, que afirma su veracidad por el detalle de la mano izquierda del miliciano. Ésta aparece con los dedos curvándose hacia adentro como un acto reflejo de dolor; si se tratara de un montaje, el acto reflejo inconsciente le obligaría a mantener la mano extendida para detener la caída.

La única posibilidad de deshacer este entuerto es la revisión del negativo Más, cuando en aquella jornada se hicieron unas cuarenta fotografías de aquellos momentos. En una de ellas aparece el mismo miliciano vivo levantado su fusil junto a otros compañeros. Sólo la secuencia correlativa del negativo podría arrojar luz a la verdad. Si la imagen del supuesto Borrell vivo posee una numeración posterior a la instantánea del miliciano caído, entonces descubrimos evidentemente, una farsa histórica.

Pero los negativos se perdieron y el carrete no sé encontró nunca. Posiblemente nunca, hasta 1995. En ese año se descubre una caja, conocido después como “el maletín mejicano”, hallado en la Ciudad de México. En él se ubicaban muchos negativos de Capa, del invierno de 1937 en España, aunque las etiquetas estaban referenciadas como “Taro”.

¿Estarán ahí los negativos de Cerro Muriano? ¿Quién llevó estos negativos al Distrito Federal? Parece ser que al final de la guerra, el material fotográfico viajó desde Paris a Marsella y luego a Veracruz. Se barajan nombres de republicanos exiliados, pero nada puede garantizarse con veracidad y una nueva aventura borrosa y contradictoria se suma a la otra historia de la imagen del Soldado Caído.
Por supuesto yo me atrevo hacer mi hipótesis. Después de tantas, no creo que la mía aporte nada, ni desvíe o entorpezca el rumbo de las investigaciones. Mi observación no es científica, es obvio. Mi razonamiento es un postulado de andar por casa y afectado por la minúscula parte de la historia que me corresponde. No posee ningún carácter erudito pero me complace mucho urdirla a un que fuese a modo de juego intimo. He utilizado algo tan prosaico y tan a la mano de cualquiera, como el programa Google Earth y basándome en los recuerdos de la topografía de aquel lugar he colocado el cursor en un punto del propio cerro de los depósitos del agua, que parece que todo el mundo descarta. La representación virtual en relieve, me aporta una estampa casi exacta del fondo del escenario. La silueta de los macizos hacia el norte, la continuación de la Sierra Boyera y el paso Calatraveño, cerca de Villanueva de Córdoba, se corresponden y lo que más me llama la atención, es que la mancha clara que aparece abajo a la derecha del cuadro también aparece de una forma inesperada y concisa en el programa informático. Es claramente el Llano Amarillo, el cual he mencionado antes y que debía existir ya entonces.
También me he planteado el enigma de la sombra del carabinero. Recuerdo que esa colina es extremadamente redonda y cónicamente moldeada en sus laderas. He practicado posiciones yéndome más hacia el Sur y compruebo que el horizonte montañoso apenas sufre modificaciones, manteniendo la cota de altitud. Solo cambia la posición del sol y por tanto la de su sombra, por lo tanto, si descartamos que el fusilero está de frente al Este, -como nadie discute- y apoyamos la posibilidad de que el soldado descendiera de cara al Sur, la credibilidad de que fueran las cinco de la tarde se hace plausible.
Otro asunto más. El Cerro de La Coja está demasiado hacia Oriente, al otro lado de la población; demasiado lejos como para poder disparar con acierto desde el área de Los Pinares, en el Suroeste, una zona boscosa y apta para la furtividad y que se conoce que fue por el lugar por donde las tropas rebeldes capturaron la aldea. De la parte sur del Cerro Muriano hasta ese bosque pueden existir distancias entre 300 a 500 metros, separados tan solo por el viejo camino que parte de los Morriones, por lo cual el tiro es efectivo.

Otro cuestión que me ha llamado mucho, pero que mucho, la atención y que en ninguno de los textos que he consultado, veo mencionado. En algunas de las reproducciones, - no en todas y ampliando mucho la imagen - se pueden apreciar perfectamente los ojos de la víctima y que a mí, me parece especialmente revelador. Nada más cierto aquí, ese refrán: “Los ojos son el espejo del alma”. Y esos ojos, sean de Borrell o no, describen la muerte, están casi en blanco, y sus pupilas apagándose, denotan que se le escapa la vida. Difícil es que un buen actor, logre fingir esa mirada tan desamparada.
Ahora, los negativos se encuentran en el Centro Internacional de la Fotografía en Nueva York, fundado por el hermano y heredero de Capa, para su catalogado, su restauración y su escaneado. Han prometido una exposición y la revelación de los negativos para el 2010. ¿Se descubrirá?, ¿qui lo sá?.



Foto: Robert Capa. Magnum.

5 comentarios:

MGJuárez dijo...

Excelente exposición querido Conde. Y muy interesante. Gracias, y como no... ¡Salud!

Montse.

Bel dijo...

¡Vaya! Qué interesante y bien documentado reportaje, Conde. ¿No se le ha ocurrido darle otra difusión? Creo que valdría la pena.
Petó? petonet? petonás? usted elige.

Daniel Damián ( Conde de Galzerán) dijo...

Gracias, queridas amigas; había pensado enviarlo al tbo “Hazañas Bélicas”. Pero “me pienso” que ya no se edita.

Petonets, duals.

June dijo...

Conde, conozco un poco la historia de la fotografía y el cuestionamiento sobre si es o no un montaje, lo que no conocía es el problema de la autoria...Es muy interesante para mi porque la utilizo en clase. Gracias y un abrazo.

Daniel Damián ( Conde de Galzerán) dijo...

Pues se especula que si, que podría ser Gerda Taro....

Gracias June, por seguir viniendo por aquí.