martes, julio 01, 2008

Conde de Lautréamont



Y a todo eso, el que estaba en el modesto hotel, el hombre del paraguas roto, que dejaba la llave con chapa en el llavero de fábrica de muchos obreros, que es el casillero ese que hay en los bajos de los hoteles, era un conde, el más conde de los condes, el conde imperecedero. Como rey y caballero al mismo tiempo, se había concedido ese título cualquier día, sin previa audiencia, según se peinaba con el peine triste.


¡ Qué envidiable ese momento en que Isidore Ducasse se instituyó conde de Lautréamont, sin alcurnia, sin sueldo, sin tratamiento, sin publicidad, junto a un lavabo, que huele deplorablemente a humedad, la humedad con olor de panteón, que aviva y anima la mañana y la tragedia del modesto hotel parisien!


Ramón Gómez de la Serna.
Prólogo a Los Cantos de Maldoror.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy bien hecho al nombrarse conde a sí mismo. La sociedad pone muchas trabas a la libertad de cada uno y, a menudo, injustamente.

Fran (Militeraturas)

"La gente nunca pregunta nada, se limitan a intentar que no progreses en la vida"

(Annibal Lecter, canibal)