sábado, mayo 17, 2008

Alfonsina





Nunca es tarde si la dicha es buena. Y en este caso fue provechosa para mí. Y reconozco que fue tarde. Exactamente en el verano de 1989. Hacia muy poco que mi mujer y yo nos habíamos trasladado a una casita, apenas a un kilómetro de la playa. El mar. En este caso era el Mar Mediterráneo. Y también era tarde. Casi de madrugada. Hacia calor y tumbado sobre la cama sintonicé una emisora de radio, que incitaba a soñar. Azuzaban a fantasear; tanto, que se pretendía robar la Luna y llevársela en un cesto mimbre. La voz del locutor era tan cálida como aquella noche. Me deslicé en una frágil duermevela y de repente abrí los ojos. Alguien cantaba.

…Sabe Dios que angustia te acompañó
Que dolores viejos cayó tu voz,
Para recostarte arrullada en el campo de las caracolas marinas;
La canción que canta en el fondo oscuro del mar
la caracola

Desde niño me he preguntado que le cantaban las sirenas a Ulises en los acantilados de Nerano. En ese minuto decidí que debía ser algo muy parecido a lo que acababa de escuchar.
Al final de la música el locutor explicó que esa voz le pertenecía a Mercedes Sosa. Hasta entonces yo había oído algunos temas de la cantante de Tucumán, pero eran zambas, canciones tradicionales y canciones protesta contra la situación horrible del Cono Sur. Aquello me parecía mucho más poético y menos pragmático de lo que los cantautores solían hacer en las épocas pasadas.
Tardé algunos meses en saber que aquella canción tan triste se titulaba Alfonsina y el Mar. Ese enunciado no me gustaba. ¿Por qué Alfonsina?. No seria más estético, más comercial haberla bautizado como Lara, Laura, Isabel o cualquier nombre de esos que condicionan el valor añadido de una señora estupenda?. La ignorancia sigue siendo muy osada y lo peor es, que es ciega.
Pasó el tiempo, y un buen día, en algún lugar leí que Alfonsina había existido. Presto me compré el disco. Oí otras versiones, pero ninguna resplandecía tanto como en la voz sonora de Mercedes Sosa. Y algo extraño pasaba cada vez que los altavoces tañían la composición: Yo acababa llorando y no sabía por qué. Nunca fui una persona de lágrima fácil. Pero esta música y esa letra era un cóctel superior a mí. Como la vida son dos días, decidí no volver a escucharla.

El 29 de Mayo de 1892, Alfonsina Storni Martignoni nació en la pequeña aldea de Sala Capriasca, en el Ticino suizo. Un linaje humilde y agrícola ante el fasto opulento de la elegante y aristocrática Lugano.
Era la tercera hija de Alfonso Storni y su mujer Paulina. Como muchos otras familias campesinas suizas, - que emigraron a partir de 1860 hacia Chile, Uruguay y Argentina con la visión de crear con denodado esfuerzo. La Nueva Helvetia- los Storni se establecieron en la Provincia argentina de San Juan, con los hermanos del matrimonio, y lograron fundar una empresa familiar dedicada la fabricación de cerveza. En 1896 la familia regresa a San Juan y Alfonsina cuenta con cuatro años. La situación de la familia acaba siendo miserable y en 1901 se trasladan a Rosario donde inauguran un Café Suizo cerca de la estación de ferrocarril. La pequeña lava platos y limpia y sirve las mesas. Su padre melancólico, fracasado y alcohólico fallece en 1906. Viuda, su madre da clases a domicilio de música y canto; Alfonsina ingresa en una fábrica de gorras y las hermanas se hacen costureras.
En 1907, la compañía dramática de Manuel Cordero que estaba en gira, ofrece la posibilidad a Alfonsina de suplir a una actriz indispuesta. Con solo quince años y valiente, viaja por varias ciudades representando obras de Pérez Galdós, Ibsen y del dramaturgo uruguayo Florencio Sánchez. Este suceso le lleva a estar en contacto con las grandes letras y despierta su inclinación al mundo literario. Sin embargo el ambiente teatral le asfixia. Regresa a Rosario y descubre que su madre ha vuelto a contraer nupcias y ahora vive en Bustinza. Alfonsina cambia de rumbo. Comienza ha escribir poemas denodadamente firmando con el pseudónimo TaoLao y estudia magisterio rural en Coronda; un lugar que había alcanzado en esos años un gran esplendor económico y cultural. Allí conoce a Maria Margarita Gervassoni, fundadora y directora de la Escuela de Maestros Rurales y a la escritora Carlota Garrido de la Peña que había fundado la Revista Argentina., quienes la apoyan e instan a desarrollar su vocación poética

Mientras trabaja como celadora y como corista en un teatrillo. Tras conseguir su titulo profesional obtiene una plaza como maestra en una escuela en Rosario y se vincula a varias revistas literarias (mundo rosarino y Monos y monadas) donde alcanza a publicar sus primeros versos.

En 1911 sufre un desengaño amoroso con un hombre mayor y casado, que la deja embarazada. Se siente deshonrada. Huye a Buenos Aires y se sume otra vez en las penurias económicas mientras trabaja como cajera en una tienda. En 1912 nace su hijo Alejandro, de padre desconocido.

Yo tengo un hijo fruto del amor, de amor sin ley,
Que no pude ser como las otras, casta de buey
Con yugo al cuello; ¡libre se eleve mi cabeza!
Yo quiero con mis manos apartar la maleza.
Mirad cómo se ríen y cómo me señalan
Porque lo digo así: (Las ovejitas balan
Porque ven que una loba ha entrado en el corral
Y saben que las lobas vienen del matorral).


Comienza a colaborar con el semanario periodístico y caricaturesco y celebérrimo, Caras y Caretas, fundado por el burgalés Eustaquio Pellicer. Allí se relaciona con grandes escritores pero ya fracasados o caídos en desgracia, como el corresponsal José Enrique Rodó, el periodista uruguayo y diputado por el vanguardista y reformista Partido Colorado de José Batlle y Ordóñez, apartado por éste, tras unas discrepancias. O con el poeta mexicano Amado Nervo, su gran poeta admirado, entonces en horas bajas dado que acababa de fallecer su musa y compañera Ana Cecilia. Así mismo al médico y escritor italo-argentino José Ingenieros y con el socialista Manuel Baldomero Ugarte, político y periodista.
Su economía mejora y viaja varias veces Montevideo donde conoce a la poetisa Juana de Ibarbourou,- entonces todavía desconocida,- y al que seria su gran amigo, el aventurero y escritor cuentista Horacio Quiroga, el “Edgar Allan Poe uruguayo”, que acabaría influenciándola tanto en su vida como en su muerte.
En 1916 aparece la Inquietud del Rosal . Muere su amigo José Enrique Rodó solo y abandonado en Sicília.
Viudo por el suicidio de su mujer, Quiroga la invita a ir a una granja en la selva de Misiones. Alfonsina duda pero rechaza la idea. En 1918 aparece El dulce daño.

Huye hacia los bosques;
Vete a la montaña;
Límpiate la boca;
Vive en las cabañas;
Toca con las manos
La tierra mojada;
Alimenta el cuerpo
Con raíz amarga;
Bebe de las rocas;
Duerme sobre escarcha;
Renueva tejidos
Con salitre y agua;
Habla con los pájaros
Y lévate al alba.
Y cuando las carnes
Te sean tornadas,
Y cuando hayas puesto
En ellas el alma
Que por las alcobas
Se quedó enredada,
Entonces, buen hombre,
Preténdeme blanca,
Preténdeme nívea,
Preténdeme casta.



Al año siguiente, su admirado Amado Nervo muere en Montevideo.
Luego Languidez en 1920 donde abandona su estilo modernista. Su reconocimiento se agranda. Hasta el final de la década, su éxito brillará Aparecen más obras, Ocre, y se estrena su obra teatral El Amo del mundo. Muere en Buenos Aires, relativamente joven, José Ingenieros de meningitis.
Es profesora en la Escuela Normal de Lenguas Vivas, es cofundadora con Quiroga, de la Sociedad de Escritores Argentinos, y es reconocida como una de las tres mejores poetisas de América, junto a la chilena Gabriela Mistral y la uruguaya Juana de Ibarbourou.
A principios de los años treinta viaja varias veces a España y a Europa; publica dos farsas teatrales y expone su feminismo en Mundo de siete pozos.
En 1935 es operada de un cáncer de mama. Se recrudece su depresión y se recluye del mundo. Un año después su amigo Horacio Quiroga aquejado de un cáncer de próstata Terminal, se suicida con cianuro en un hospital bonaerense. Alfonsina, le dedica unos versos.


Morir como tú, Horacio, en tus cabales,
Y así como en tus cuentos, no está mal;
Un rayo a tiempo y se acabó la feria...



A principios de 1938, aparece Mascarilla y Trébol y una Antología Poética. En el verano de ese mismo año, su enfermedad se declara Terminal. En Mar del Plata escribe sus últimas cartas de despedida.



Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera,
una constelación, la que te guste,
todas son buenas; bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes,
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que te olvides....

si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido..."


En la madrugada del día 25 de Octubre, Alfonsina va hacia el mar. Su cadáver es rescatado de la playa por la mañana.
Algunos aseguran que se lanzó desde la escollera. Otros, afirman que se adentró lentamente, haciendo un paralelismo con la muerte de la escritora Virginia Wolf en Sussex, tres años más tarde.



Alfonsina Storni fue una mujer delgada y de ojos vivos y azules; le encantaban los viajes y el teatro. Alegre, no demasiado afectuosa, y una sagaz inteligencia y gran habilidad ante las muchas adversidades de su vida. Con una personalidad inquieta y exaltada, vivió entre la dualidad interior de poder manifestar sus dotes literarias, su ansia de saber y la curiosidad por todo, frente al tedio que la sumía en la paranoia y en la depresión. Todo le interesaba y todo le cansaba. Gran conversadora, chispeante, sarcástica a veces, pero con un gran sentido del humor. Quería ser una reina ante sus amigos y logró rodearse de lo más granado de la intelectualidad de aquel tiempo; valor muy meritorio sabiendo del estrato inferior de la que provenía. Le encantaba sorprender a los demás.
En su último día, lo consiguió, totalmente.


(Artículo que había preparado esta primavera, para la invitación que me hizo la Revista Sinalefa de Nueva York, pero que luego me dio pereza remitirla.)

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